«Los rusos no van a comenzar una guerra, pero van a tratar de desafiar lo que representamos»

El experto en seguridad global dice que Moscú quiere tener un asiento en la mesa de los importantes y que sus acciones en Venezuela y Siria son los mejores ejemplos de esa estrategia.

Carolina Álvarez Peñafiel, El Mercurio

Una potencia antigua que se esfuerza por mantener su influencia y una emergente que avanza sin pausa para expandir su presencia internacional. Rusia y China, rivales estratégicos de EE.UU., representan para Occidente retos en los escenarios cruciales para el siglo XXI: tecnología, defensa, estabilidad política y democracia. Jonathan Eyal, director asociado del Royal United Services Institute —RUSI, el think tank independiente más antiguo del mundo en temas de defensa y seguridad—, comenta en esta entrevista con “El Mercurio” que Rusia está permanentemente desafiando el statu quo representado por los países de la esfera occidental, mientras que China —“el único contrapeso de EE.UU.”— ha avanzado por la vía de la tecnología. El experto, quien vino a Chile en una visita gestionada por el centro de estudios AthenaLab para abordar asuntos internacionales y de defensa, sostiene que para los rusos la pregunta no es si aceptar o no el escenario actual, sino qué hacen para cambiarlo.

La estrategia de Putin
“Los rusos no van a comenzar una guerra, pero definitivamente van a tratar de desafiar cualquier cosa que nosotros representamos. Y por eso es un desafío que seguirá por décadas”, dice. Para eso Moscú apela a la guerra híbrida, que combina las estrategias convencionales con los combates irregulares, ciberataques, diplomacia y propaganda, lo que según Eyal es “la estrategia del país más débil”, y es “oportunista”.

“Saben que no pueden competir con nosotros (Occidente), ni ir a la guerra, ni lanzar una carrera armamentística como solían hacerlo durante la Guerra Fría, porque la perdieron”, afirma y explica que Rusia “hoy es un país que está vendiendo materias primas y su economía no es mayor que la de Italia”, lo que dista mucho de su posición de potencia mundial en los 70. “La única reivindicación que tiene Rusia como un gran Estado potencia son sus misiles”.

“La gente siempre me pregunta si Putin tiene una estrategia. Sí, la tiene: anular las debilidades que ve en Rusia o al menos compensarlas. Y eso significa dos cosas: la primera, explotar cualquier debilidad que existe dentro de nuestra sociedad, y la segunda, es explotar cualquier oportunidad para llegar a la mesa principal con los estadounidenses”, plantea el experto y señala como el ejemplo clásico de esto lo que el Presidente Vladimir Putin está haciendo en Venezuela, con su apoyo al régimen de Nicolás Maduro. Ahí, Moscú no tiene capacidad de despliegue de fuerzas, pero busca tener una voz en la crisis. “Tiene la habilidad para complicar la vida de los estaesdounidenses lo suficiente como para que el secretario de Estado Pompeo tome el teléfono y llame a Serguei Lavrov, el canciller ruso”.

La otra etapa de la operación híbrida es desacreditar “la idea de que la democracia es el único método de gobierno”. Y el ejemplo es la interferencia en las elecciones de EE.UU. en 2016, cuando Rusia —de acuerdo a las investigaciones judiciales— intervino para tratar de favorecer al actual Presidente Donald Trump. Eyal asegura que estaes probable que Putin no estuviera esperando un triunfo del republicano —como exagente secreto del KGB, “desde su perspectiva no había forma de que el establishment político de EE.UU. permitiría que Trump ganara contra una figura como Hillary Clinton”—; “el descrédito del sistema electoral estadounidense, al mostrar los e-mails robados de los computadores de Clinton, mostrando cómo ella se consigue los fondos de los donantes y hace discursos en nombre de ellos, era suficiente”. Algo similar está haciendo en Europa, asegura el analista, donde se sabe que está financiando partidos populistas de derecha e izquierda.

Sentarse en la mesa
La relación con Estados Unidos es aún más compleja. Para Eyal, lo que busca Rusia es reivindicar su posición de país grande y llegar a la mesa “de los importantes”; que sin su opinión no puedan tomarse decisiones. “La forma más espectacular en que esto se ha hecho es en Siria. Ahí intervino en septiembre de 2015, cuando nadie sabía qué hacer, todos dijeron que están cometiendo un gran error (…) No fue cierto. Han logrado mucho. Salvaron el régimen de Bashar al Assad, no perdieron a muchos efectivos en el combate, tienen ahora bases permanentes en Siria. Pero lo más importante es que hemos llegado a una situación en la que no puedes pensar en una mesa sobre un acuerdo de paz en Medio Oriente sin invitar a los rusos. Y en eso es exactamente donde quieren estar. Putin no cree que seremos amables con él, cree que por nuestro propio interés tendremos que considerarlo. Está aplicando la misma política en Corea del Norte; su última reunión con el líder norcoreano fue para mostrarle al mundo que Rusia tiene una frontera respecto de Norcorea y que esto le puede hacer la vida difícil a la gente”, comenta. En atinoamérica la situación tiene ciertos paralelos: “El involucramiento en Venezuela es en parte propaganda, pero es parte también de un intento realista de poner a Rusia otra vez en la región”, evitando la confrontación directa con EE.UU. y sin convertirse necesariamente en el líder de un grupo de rechazo a Occidente. Para Eyal, “su línea general es sobre supuestos principios en la ley internacional: uno no interfiere en otros países y no se cambian gobiernos en otros países. No importa que Rusia haya hecho las dos cosas”. “Es menos sobre el poder militar y más sobre explotar las oportunidades, el objetivo es meterse en un conflicto de forma que sea imposible que nadie los ignore cuando están tratando de resolver una disputa”, agrega.

Las nuevas amenazas
El terrorismo en los 90 era la principal amenaza transnacional emergente. Pero ahora está la ciberguerra, el debate sobre las vulnerabilidades asociadas a la red del 5G y la capacidad de China —el gran rival del poder de Estados Unidos, hasta ahora potencia hegemónica— para influir en ese ámbito, y un poco más allá. “No tengo ninguna duda de que los chinos se están comportando como cualquier potencia imperial emergente en todos los aspectos. De hecho, algunas veces es divertido, porque algunos de sus tratos en Asia son copias exactas de las formas en las que el Imperio Británico se comportó”, dice y explica que la forma en la que China accedió a unas bases en Sri Lanka es casi igual al arriendo de 99 años bajo el que Londres tomó Hong Kong. “¡Bingo! De cierta forma es la misma estrategia: el comercio conecta países, crea dependencia y entonces eres capaz de empezar a imponer tu visión”. El problema, sostiene Eyal, no es ese tipo de comportamientos, sino que “la cantidad de cosas que sí nos desafían directamente. “Hay una narrativa antidemocrática. No es verdad que China no está exportando una ideología. La está exportando. No la ideología comunista como lo hizo la Unión Soviética. Pero sí una que es que las dictaduras funcionan y no solo eso, sino que es la forma preferida de gobierno porque entrega los bienes y servicios”. Luego entra el debate tecnológico, de Huawei y el 5G. Occidente, comenta el experto, ignoró el progreso tecnológico y lo dejó a la economía de mercado, a diferencia de China, que lo tomó “como un asunto de interés nacional”. “La idea de que le puedes dejar industrias completamente al mercado es solo parcialmente correcta. Si tienes metas nacionales, también tienes que tener alguna medida de cómo ponemos en marcha al menos un diálogo con los principales (actores) de la economía de mercado. No creo en una economía manejada (desde el Estado), pero sí que hay algunas prioridades que se requieren”, explica. La mayor complejidad del debate sobre el 5G, afirma el experto, es lo que no somos capaces de saber hoy: qué vulnerabilidades vienen asociadas a la red. El otro problema “para el siglo XXI, sin ponernos demasiado filosóficos, es que la tecnología también cambia la forma en la que la democracia funciona”. Plantea que en Europa “la política a la antigua está en retirada por la tecnología. La lealtad a un partido específico ya no importa, en una era que puedes expresar tu molestia en un tuit en dos segundos, mientras estás esperado el bus” y que ahora hay otras formas de movilización. Eso muestra algo que tampoco parecen haber considerado las clases políticas, y es no solo lo que “nuestros enemigos pueden usar contra nosotros, sino que también en cómo nuestra población ve nuestras sociedades”.

El control social
De cierta forma, admite Eyal, China y Rusia entendieron el escenario antes que Occidente. Rusia es líder en hackeo y China, en reconocimiento facial y 5G. “La prueba de eso es la determinación de los chinos de que no van a ser parte de la internet global, que van a establecer una internet paralela en los sitios de redes sociales y lo demás, en un mundo que es controlado por su propio Estado. También entendieron cómo los avances tecnológicos le permiten controlar a sus sociedades”, y que ahora están en condiciones de exportarlos, expone. “Para mí lo más aterrador sobre China es el sistema de puntos y créditos (sociales), en el que todo tu comportamiento diario es calculado en puntos y luego tienes un incentivo constante para mantener silencio sobre los que te están gobernando porque afecta todo lo que haces, desde conseguir trabajo o incluso obtener una tarjeta para viajar en tren”, dice. “Recuerde, sin embargo, que ya pasamos por estas etapas con casi todas las tecnologías. ‘1984’ y todo el miedo de George Orwell también era sobre eso. Y es verdad que estas tecnologías permiten a una dictadura moverse más rápido que nosotros, pero es también verdad que si la tecnología los toma por detrás, los puede destruir”, advierte.

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