Por Marcel Oppliger
Diario Financiero, lunes 11 de noviembre 2019

El analista y autor, que estuvo en Chile la semana pasada, estima que la inseguridad financiera es un problema mayor que la desigualdad, y enfatiza que un gobierno tecnocrático se preocupa de las personas, no de los números.

En 2008, en su primer libro -“El segundo mundo: imperios e influencia en el nuevo orden mundial”-, el economista de origen indio Parag Khanna incluyó un capítulo sobre Chile, que volvió a revisar con motivo de su visita a Santiago la semana pasada, invitado por el centro de estudios internacionales AthenaLab.

“Era un capítulo muy positivo, sobre lo industrioso que es Chile, la geografía rica en recursos, la apertura comercial, etc. Y pensaba que era la suerte de país que de seguro sería del primer mundo, que no retrocedería”, dice Khanna a Diario Financiero.

En esta ocasión, el experto en relaciones internacionales y fundador de la empresa FutureMap llegó para hablar de su sexto libro, “El futuro es asiático” (aún no traducido al español), y ofrecer la charla “¿Qué puede Suramérica aprender de Asia? Lecciones desde el otro lado del Pacífico”. Un tema especialmente apropiado en vista del agitado contexto de nuestra región: reciente crisis política en Perú, revueltas en Ecuador por alza de gasolina, regreso del kirchnerismo al poder en Argentina y, claro, el estallido social en Chile.

Y aunque se declara sorprendido por el grado de violencia que ha observado en las protestas, asegura no estarlo con el fondo del asunto.

Es la inseguridad financiera

“Aquí han bajado la pobreza y también la desigualdad, pero la inseguridad financiera es alta, como pasa en casi todos los países del mundo con la clase media y media baja. Por lo tanto, lo que está pasando ahora no es por pobreza o desigualdad, sino por una amenaza a la estabilidad financiera de los hogares”, argumenta Khanna.

Por eso, agrega, “un alza de precio al transporte, como subir el Metro, siempre va a ser un gatillante. Es muy similar a la respuesta que se observa en un país donde cortas los subsidios al combustible o los servicios básicos, o suben los alimentos”.

-Se han destacado mucho los innegables avances sociales de Chile en las últimas décadas…

-Lo que tiene enojada a la gente es totalmente legítimo, como regla número uno -y esto también tiene que ver con salud económica y desarrollo- nunca debes suprimir el apetito de consumo de la mitad inferior de tu población, de modo que el alza del Metro fue una mala idea de todas formas y es bueno que ahora la hayan eliminado. Ante cualquier costo adicional, la gente siente que es la gota que rebalsó el vaso, porque ya están en una situación financiera precaria y ansiosa.

-¿Aunque se explique que fue una medida fiscalmente responsable?

-Es que la austeridad fiscal es hoy un concepto muy discutido y maleable. Tú quieres que el 50% de debajo de la población tenga poder de consumo, y si lo reduces con más impuestos o elevando los costos en una de las áreas donde va la mayor parte del ingreso disponible –vivienda, comida, salud y transporte, a veces educación-, has disminuido la capacidad de consumir de la gente.

-Algunos criticaron que fue una medida excesivamente tecnocrática.

-La tecnocracia no es necesariamente acerca de adherir a reglas de disciplina fiscal. Para mí, la tecnocracia es acerca del utilitarismo. No es sobre quién sigue mejor el manual económico, no tiene que ver con lo que piense una elite académica, sino con equilibrar ideas con la realidad. La parte más importante de ser un tecnócrata no es tener un doctorado, sino tener experiencia en políticas públicas, experiencia de gobernanza. En Asia es mucho más sobre la práctica que la teoría, sobre lo que funciona y lo que no.

Un tecnócrata se preocupa de que es lo correcto para la gente. En Europa, desde su crisis en 2009-2010, la gente dice que los tecnócratas fracasaron porque impusieron medidas de austeridad económica, ¡pero eso lo hicieron los políticos! Los bancos querían más expansividad, reglas más relajadas, pero los políticos dijeron ‘queremos que nos paguen lo que nos deben’. La crisis de Grecia no fue culpa de los tecnócratas, sino de los políticos en París y Berlín, porque dijeron ‘si no cobramos, no nos van a pagar’. Un buen tecnócrata había preguntado qué es mejor para la economía en su conjunto, y para la sociedad.

-¿Pero no existen reglas sobre uso eficiente de los recursos?

-Aquí se podría decir que necesitan más ingresos para financiar la expansión del Metro, pero resulta que hay muchas ciudades donde el transporte está siendo prácticamente gratis. Aunque cuesta miles de millones de dólares construir esos sistemas.

Yo hablo de algo que llamo “contabilidad holística”, que te dice que en vez de subir el costo, si lo reduzco, más gente va a usar el sistema, habrá menos tráfico en las calles, más gente llegará a sus destinos más rápidamente, y así serán más productivos y gastarán más. El dinero va a ingresar a la economía de otras maneras. En vez de cobrar por esto, ¿por qué no lo habilito, por qué no lo incentivo? Al subir el precio, desincentivas el uso de este Metro que ustedes mismos han construido. No es complicado, sólo hay que razonarlo.

-El gobierno respondió a las protestas con una nueva agenda social.

-Lo importante es entender que la torta no está congelada, debe seguir creciendo para todos. No puede caer en la falacia de un mundo con crecimiento cero o negativo. Hay medidas que son pro crecimiento, como los proyectos de infraestructura, conexiones de internet más rápidas, estimular la creación de valor en la economía de recursos naturales. La inversión es crítica para el crecimiento, no puedes hacer sólo promesas negativas de cortar aquí, reducir allá; también hay que invertir más.

Hacia un Estado profesional

-Usted insiste en que una tecnocracia real necesita un servicio civil profesionalizado, cosa que aquí no existe. ¿Cómo se empieza?

-Es la parte más importante de la tecnocracia: las instituciones, no el líder. La gente se confunde, porque como el nombre del líder es conocido –por ejemplo el Presidente-, se le atribuye todo lo que pasa. Pero en Singapur, por ejemplo, donde todos saben que el Presidente es el hijo del fundador de la nación, Lee Kuan Yew, él podría quedar incapacitado mañana y el país seguiría funcionando igual de bien. Podrías sacar a las 10 autoridades más altas y el sistema seguiría funcionando. Igual en China. Puede que Xi Jinping sea un dictador autoritario, pero el país marcharía bien sin él, sin ningún problema.

Viví en Alemania en 2017 y hubo un período de seis meses sin que se pudiera formar un gobierno. En todo el tiempo que viví allá no hubo gobierno, ¡y nadie se dio cuenta! Eso, para mí, es el sello de una tecnocracia, donde no importa quién es el líder, porque todo se trata del sistema. Y la parte más importante de eso es el servicio civil, los funcionarios del Estado.

-Insisto, si eso no existe, ¿cómo se empieza?

-Se hace de abajo hacia arriba y viceversa. Primero hay que reclutar a esa gente, financiarla, darle autonomía. Hay que estructurarlo de forma que los ministros que son nombramientos políticos no puedan desautorizar a los funcionarios profesionales que dirigen los distintos servicios. Y de abajo hacia arriba hay que entrenar y educar a la gente, debes hacer atractiva la carrera funcionaria, necesitas buena educación pública. Ustedes son un país pequeño, no necesitan un servicio civil gigantesco con 50 agencias o ministerios.

Y luego se trata de identificar qué debemos arreglar, qué debemos mejorar, dónde debemos invertir más, qué estamos haciendo mal, dónde podemos ser más productivos. Los buenos servicios civiles están haciéndose estas preguntas todo el tiempo. En Singapur se dedican a eso todos los días, todo el día.

-Usted menciona ejemplos de tecnocracia como Singapur o China. ¿La democracia es compatible con la tecnocracia?

-También mencioné a Alemania. Los países con los mejores servicios civiles del mundo, excepto China, son democracias. Canadá no necesitó un líder autoritario para tener un buen servicio civil, ni Gran Bretaña, ni Nueva Zelanda, ni Australia. Singapur no es una democracia liberal, pero sí es una democracia electoral, donde el voto es obligatorio por ley.

Y no cuesta tanto. Se trata de profesionalismo y dignidad del Estado. Yo creo firmemente en los sistemas democráticos parlamentarios de muchos partidos, pero precisamente porque en ellos hay frecuentes cambios de gobierno, tienen que tener un servicio civil potente. Mira a Gran Bretaña ahora. Disolvieron el Parlamento y van a tener otra elección. ¿Quién está administrando el país? Las instituciones.

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