El megaincendio que se desató en diciembre de 2019 en Australia parece ser un trágico ejemplo de lo que puede pasar si el cambio climático se acelera con consecuencias devastadoras. Incluso, países con una inmensa capacidad estatal y vastos recursos pueden verse sobrepasados a la hora de enfrentar emergencias de gran magnitud, enseñando una postal del futuro que no quisiéramos mirar.

Al describir el fuego como una amenaza a la seguridad, en este nuevo documento de ATHENALAB se busca advertir sobre los enormes daños a las personas, a la propiedad privada y a los ecosistemas que pueden provocar los incendios de gran magnitud —sobre todo forestales— y aquellos dirigidos puntualmente contra infraestructura crítica. Aclaramos que no se trata de un trabajo científico ni con pretensiones en el campo de la ingeniería forestal, donde hay notables expertos.

Es cada vez más evidente que en el ámbito forestal se vuelve más frecuente presenciar casos donde los Estados se ven obligados a desplegar enormes recursos y adoptar medidas extraordinarias ante situaciones de emergencia que no pueden ser contenidas por brigadistas especializados y bomberos.

Este tipo de siniestros se estarían volviendo más recurrentes por los efectos del cambio climático, al punto que se hace cada vez más difícil hablar de temporadas de incendio coincidentes con la estación de verano, como hemos visto tras comparar los casos de Australia 2019-2020, California 2018 y Chile y Portugal 2017.

Ante la eventualidad de incendios de gran escala en el plano forestal y aquellos dirigidos de forma puntual contra infraestructura crítica, estamos obligados a mejorar nuestros sistemas de alerta, adoptar medidas preventivas y contar con una infraestructura de seguridad para hacerles frente, tal como se ha hecho en terremotos y maremotos.

Desde la perspectiva de la seguridad, en la dimensión ampliada de Barry Buzan es posible tipificar los megaincendios forestales como un fenómeno que afecta directamente la seguridad individual y humana. Ahora bien, cuando la magnitud de los siniestros genera riesgos y amenazas mayores, obligando a la movilización de importantes recursos, personal e instituciones, estamos en presencia de un fenómeno que compromete la seguridad nacional. A la larga, son condiciones de desarrollo las que se ven afectadas por el fuego, sin que importe si su origen es intencional o fortuito.

Al analizar la estrategia de la Conaf se aprecia tanto en el presupuesto como en el número de medios, así como en su despliegue y empleo, un nuevo enfoque más agresivo, coordinado y sofisticado. Lo que revela un notable aprendizaje obtenido durante la pasada década.

A pesar de todo, el fuego sigue siendo un tipo de fenómeno subvalorado. Incluso si se ocupa como arma en clave terrorista. Por eso, debe ser estudiado con más profundidad, como sí se ha hecho en Estados Unidos y otras potencias occidentales.

Los megaincendios que afectan seriamente, tanto a la población como a los bienes públicos de relevancia o infraestructura crítica, deben empezar a ser vistos como un factor que puede amenazar la seguridad nacional. Por lo tanto, obligan a contar con una planificación estratégica permanente, que considere a la Conaf como su principal organismo coordinador, junto a medios públicos y privados. Las Fuerzas Armadas lo han entendido y han construido capacidades para esa materia.

La neutralización de esta amenaza impone una efectiva coordinación interagencial de todos los actores, que debiera estar incluida en el trámite legal de la nueva “Agencia Nacional de Protección Civil” que reemplazará a la ONEMI, como un factor clave y relevante.

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