Trump, que ahora profiere a Kim un trato que envidiaría Nicolás Maduro, dijo esta semana que no tiene ningún apuro, ya que Corea del Norte ha suspendido sus ensayos nucleares y misilísticos.

Juan Pablo Toro V. Para «El Mercurio» 
Una dictadura socialista, que mantiene a su población en una permanente crisis humanitaria, que cuenta con el apoyo de China y que vive de amenazar a su vecino inmediato, que a su vez es un aliado de Estados Unidos.

Hasta aquí el guion es peligrosamente similar, pero no se trata de Venezuela, sino de Corea del Norte. Un país que cuenta con bombas atómicas -por tanto, una amenaza a la seguridad global que merece ser tomada en serio-, y que por estos días volverá a centrar la atención, cuando su líder Kim Jong-un y el Presidente estadounidense Donald Trump se reúnan en el simbólico Vietnam el próximo miércoles y jueves, cumbre que debiera tener como condición de éxito real que se den pasos concretos para la desnuclearización de la península coreana.

A medida que se acerca el encuentro, han empezado a circular versiones en la prensa internacional sobre el potencial resultado del segundo cara-cara Kim-Trump: apertura de representaciones diplomáticas en ambos países -que no tendrían rango de embajadas- y la decisión de firmar un tratado de paz que ponga fin a la guerra (1950-1953) en reemplazo del armisticio vigente.

En algo debería ayudar el peso de la historia de Vietnam, país comunista que libró una intensa guerra contra Estados Unidos y que hoy se ha convertido en una dinámica y orgullosa economía exportadora; el año pasado recibió al portaaviones «USS Carl Vinson», en un mensaje hacia China, con la que mantiene disputas insulares.

También otras concesiones que se están ventilando serían la destrucción de una fábrica de material nuclear en Corea del Norte y la reapertura del complejo de Kaesong, un parque industrial que se puede apreciar a simple vista cuando se visitan los puestos de observación a lo largo paralelo 38° y cuyos accesos fueron bloqueados desde Surcorea, en represalia por las actividades nucleares de su vecino.

Trump, que ahora profiere a Kim un trato que envidiaría Nicolás Maduro -aunque las contradicciones ya no debieran sorprender en su administración-, dijo esta semana que «no tiene ningún apuro», ya que Corea del Norte ha suspendido sus ensayos nucleares y misilísticos. «Si hay pruebas, ese es otro trato», explicó.

Después de criticar a quienes dudaron del resultado de la cumbre de Singapur en junio de 2018 por la ambigüedad de los resultados (seguir conversando sin un calendario), de sus propias insinuaciones sobre el Nobel de la Paz y ante los reportes de existencia de bases de misiles norcoreanas no declaradas, es razonable que el mandatario estadounidense quiera moderar las expectativas.

Aunque la reunión en sí misma es una gran noticia, lo cierto es que una vez que se apaguen las cámaras, la evaluación del resultado del encuentro de Hanói será más exigente de la que hubo tras Singapur.

Es realista pensar, entonces, que el objetivo de la desnuclearización seguirá aún distante, si Corea del Norte no recibe un alivio mayor a las sanciones económicas en su contra -algo que también desea Seúl para reconectarse con su vecino- y un paquete de ayuda humanitaria que está pidiendo formalmente a la comunidad internacional (otro contraste).

Nuevas medidas como el tratado de paz y la apertura de representaciones diplomáticas, sin duda serán un avance. Pero sería un logro parcial en la desactivación de uno de los puntos más conflictivos del Indo-Pacífico, región que es el dínamo de la economía mundial. En cambio, pase lo que pase en Hanói, Kim recibirá un nuevo reconocimiento diplomático formal, lo que ya es una ganancia neta para su sobrevivencia y la de su régimen amparado en su potencia nuclear.

Juan Pablo Toro V., es director ejecutivo de AthenaLab.

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